IES Los Molinos, Conil de la Frontera (Cádiz) 2020

Rimas

Autor: Pablo Sánchez González
Curso: 2º ESO A
Centro: IES Los Molinos, Conil de la Frontera (Cádiz)

Encontré este libro en el desván de mi abuela, lleno de polvo y de anotaciones de caligrafía ilegible escritas por mi tío. La portada no me llamaba la atención. En ella aparecía un cementerio dibujado a lápiz con colores que, si ya eran tristes en un principio, lucían vacíos en aquella tapa rota. Esta, como si de la guardiana del libro se tratase, no dudaba en disparar un aire de monotonía y pesadez que asfixiaban inmediatamente las ganas de leerlo a cualquiera que lo intentara. Dada esta situación preferí no enfrentarme al libro, ya que pensé que sería un combate demasiado largo y agotador para la poca satisfacción que esperaba encontrar en aquellas páginas. No es que no tuviera experiencia, pues ya me había enfrentado a decenas de novelas llenas de dragones, bosques encantados, superhéroes, villanos y grandes profecías; tampoco me asustaban las palabras extrañas o en desuso; ni siquiera le tenía miedo a la extensión, debido a que el libro era bien corto. Pero entonces, ¿qué era lo que temía?

Ahora lo sé. Temía enfrentarme solo a aquel relato, sin personajes que me acompañaran en mi aventura; temía ir por él sin guía, sin un hilo conductor de la historia que me indicara el camino y que tirara de mí en los momentos más complicados del libro; en pocas palabras, temía leer poesía.

Sin embargo, mientras colocaba en mi estantería los libros que había encontrado en el desván, volví a ver el escrito, y esta vez decidí echarle un ojo. No me malinterpretéis, el libro seguía inundando de pesadez a cualquiera que lo mirara; pero ante la alternativa de seguir colocando libros viejos, esto no me pareció tan malo. Y fue al leer el primer verso del primer poema cuando me capturó. En ese poema Bécquer cuenta que sabe de un himno: un “himno gigante y extraño”, un himno que no es propiedad de esas páginas sino que esas “páginas son de ese himno”; nos cuenta que él quisiera escribirlo “domando el rebelde, mezquino idioma”, haciendo que las palabras “fuesen a un tiempo suspiros y risas, colores y notas”, y tristemente nos cuenta que “es en vano luchar; que no hay cifra capaz de encerrarle”. Entiende que es tan grande y profundo que no se puede pintar en un lienzo, escribir en un papel o interpretar en un concierto. Sin embargo, Bécquer no se rinde en su tarea de hacer llegar a todos y cada uno de nosotros ese himno, y es más, lo consigue. Para ello no intenta escribirlo, pintarlo, ni esculpirlo en mármol. Reniega de componerlo en grandes melodías o recrearlo en magníficos edificios, pues sabe que esto es imposible. Bécquer se da cuenta de que los materiales necesarios para recrear ese himno están dentro de cada ser humano y es a partir de esta premisa que se dispone a pintarlo, usando como lienzo el alma, como pincel el idioma y como pintura los sentimientos más profundos del lector. Componiéndolo como una grandiosa polifonía en la que, mediante catarsis, va afinando las voces de cada uno de los sentimientos en el tono, tiempo, ritmo e intensidad adecuada.

Hoy nos quieren robar ese himno, marginando el arte y la cultura, dándole un carácter elitista, separándolo así cada vez más de las masas populares. Y ante esto, es nuestro deber moral oponernos. Rebelémonos contra este robo escribiendo liras y romances, resguardémonos en las trincheras ya cavadas por los grandes poetas y disparemos desde allí versos de Hernández y Quevedo. Hoy más que nunca, leamos a Bécquer.

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